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Por qué empecé a preguntar a los padres por el móvil
Durante un tiempo dejé que fueran los propios alumnos quienes gestionaran el uso del móvil en clase. Pensé que, dándoles esa responsabilidad, aprenderían a manejarla. No funcionó. Y si tú también sientes que tu hijo no suelta el móvil, lo que viene a continuación te va a sonar.
No funcionó como esperaba.
Así que, decidí cambiar de estrategia: pregunto directamente a los padres. Les propongo que decidan si su hijo puede o no traer el móvil a la academia. Si la respuesta es no, les pido permiso para requisárselo si lo trae y lo usa, y que sean ellos quienes vengan a buscarlo.
El resultado, de momento: el 100% de los padres me ha dicho que no lo traigan. Algunos se sorprendían de que su hijo siguiera llevándolo, porque creían que ya lo tenían prohibido.
La opción de la caja en el aula: por qué parecía buena idea
Una madre me propuso una alternativa distinta. Poner una caja en clase donde cada alumno dejara su móvil al entrar. Algo más parecido a un juego, más pedagógico.
Al principio me pareció buena idea. La pensé mejor y la descarté.
No por la idea en sí. Por lo que he visto estos 18 años en el aula.
Lo que falla cuando el problema ya no es de gestión, sino de dependencia
La caja resuelve dónde está el móvil. No resuelve qué hace la cabeza del chaval mientras el móvil está ahí, a tres metros, durante toda la clase.
La relación de muchos adolescentes con el móvil ha llegado a un punto en el que la pedagogía sola no basta, porque hay un componente casi adictivo de por medio. Y no es solo que no lo usen en clase. Es que, si lo traen, lo usan antes de entrar y al salir, en el camino de ida y en el de vuelta. Si no lo traen, ese rato tampoco existe.
No es un matiz menor. Es la diferencia entre gestionar el síntoma y quitar el estímulo.
Lo que pasó el día que un alumno vino sin móvil
Un día, uno de los alumnos que más lo usaba vino sin él.
Llegó a clase, se sentó, y mientras esperaba a que llegara el resto de sus compañeros, un rato que en otro momento habría pasado entero con el móvil en la mano, sacó sus cosas y se puso a hacer tareas.
Puede que fuera casualidad. Yo creo que no. Muerto el perro, se acabó la rabia: si hubiera tenido el móvil, habría hecho cualquier cosa con él antes que ponerse a trabajar. Como no tenía esa alternativa, buscó otra.
Una hora sin móvil, una conversación que no habría pasado de otra forma
Confío en la pedagogía, pero no creo que baste solo con ella en muchos casos. A los adultos tampoco nos cambian de hábitos los mensajes bonitos sin más, ¿por qué iba a ser distinto con un adolescente?
Por eso, cuando vi que estaba sin móvil, aproveché. Le pregunté si tenía algún problema sin él. Me dijo que no. Y estuvimos un rato hablando al respecto.
¿Solucionado el problema? Ni mucho menos. Pero estoy seguro de que algo caló en el chaval. Y mi intención es que esto no se quede en una simple prohibición.
El dato que no esperaba: cero protestas
¿Sabes cuántos alumnos protestaron por no poder traer el móvil? Ninguno.
Eso dice algo importante: incluso ellos entienden, al menos en parte, que no les hace falta.
No es sumisión. Es alivio. Muchos adolescentes no saben pedir ese límite por sí mismos, pero lo agradecen cuando llega de fuera, sobre todo si no tienen que ser ellos quienes queden como «el raro» delante de sus compañeros por dejar el móvil en casa.
Prohibir no es la solución, es la puerta de entrada
Si me quedara solo en «no lo traigáis», esto sería una prohibición más, de las que ya han probado muchos padres antes de llegar a mí con un hijo que no mejora.
Lo que marca la diferencia es lo que pasa en el hueco que deja el móvil. Esa hora sin pantalla no vale por sí sola. Vale porque, en ese hueco, hay sitio para una tarea que antes no se hacía, o para una conversación que antes no pasaba.
La prohibición abre la puerta. Lo que entra después por ella es lo que de verdad cambia algo.
Qué puedes hacer tú esta semana en casa
No hace falta que montes un reglamento en casa. Con esto es suficiente para empezar:
Decide tú, no él, si el móvil va o no va en los trayectos y en los ratos muertos (antes de cenar, antes de dormir, al llegar de clase). No lo negocies con él como si fuera una opción más entre varias; ponlo como un hecho, igual que decides a qué hora se cena.
Y cuando llegue ese rato sin móvil, no lo llenes de inmediato. Ya hablé de esto hace tiempo: enseñar a tu hijo a aburrirse también mejora sus resultados. Ese hueco vacío es precisamente donde pasa lo importante.
No esperes que proteste. Es muy probable que, como mis alumnos, ni siquiera lo haga.
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